A todo el frente del puerto de Buenaventura, quizá el puerto más importante del Pacífico colombiano, los japoneses ubican ilegalmente una de sus fábricas flotantes. Es un gigantesco barco que procesa pescado enlatado que distribuye por toda América latina. No pagan impuestos y vierten los desechos al mar sin ningún tratamiento previo. En este puerto habita una de las poblaciones negras más pobres del mundo. Una ciudad de contrastes, ya que por allí entra y sale un porcentaje muy importante de la riqueza nacional. La mayoría de la población, solo puede ver impávida el paso de barcos gigantes, tractomulas cargadas de mercancías mientras los niños lloran de hambre.
Esa doble moral de los japoneses no se ve reflejada en los estadios. Nuestros cafres de turno son víctimas de un sistema educativo descompuesto y putrefacto, producto de las directrices de las bancas multilaterales internacionales.
Y no nos hagamos ilusiones. Con el nuevo presidente seguiremos en los mismos con las mismas. Llegó el cambio para que todo siga igual.
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