Cuento 19
Mayo 17
Cuando tenía diez y siete años y estaba por graduarme del colegio mi madre preocupada por mi falta de interés y vocación para nada, me llevó a un centro de evaluación. Era un lugar lleno de psicólogos educativos y gente que tenía que lidiar con gente que tenía problemas de aprendizaje. Sentado en la sala de espera me preguntaba ¿qué hacía yo ahí?.
Tras un saludo cordial e introducción procedieron a tomarme pruebas psicométricas y de coeficiente intelectual. Tras un par de horas de elección múltiple y cosas raras regresamos a la casa. Varios días después nos citaron para darnos los resultados. Vaya sorpresa, había hecho sonar la Campana de Gauss puesto que salí demasiado bien. Mi índice se ubicaba muy por encima de la media. Sentado en la oficina de esa atractiva psicóloga a la que no podía de dejarle ver las piernas, mi madre escuchaba atentamente tratando de entender, imagino que se estaría preguntando, ¿este?
Vamos que mi historia escolar no era para nada llamativo. Nunca fui malo, pero tampoco el primero de la clase, pasaba aburrido. Nunca estudié nada para un examen y aún así lo lograba. Frente a la doctora, mi madre me preguntó con una ternura escalofriante si había hecho trampa. Ambas se miraron confundidas y yo no supe que sentir.
Volvimos a la casa y mi madre que había empezado a aceptar que si, probablemente yo era inteligente, de pronto se sintió orgullosa. Me dio una cena espectacular digna de un genio. Atún (que todos sabemos contiene omega 3) y papas fritas.
Más tarde la escuché hablando con un tío contándole las buenas nuevas. Creo que la noticia se esparció como pólvora porque al otro día nos vinieron a visitar algunos familiares quienes me miraban como bicho raro. Yo me había puesto una camiseta vieja y un pantalón jean desgastado, igual que el día anterior y el anterior a ese. Creo que todos se preguntaban, ¿este?
Terminé el colegio y mi madre sugirió que no desperdicie el tiempo e inmediatamente entre a estudiar economía. Eso me hizo erizar los cabellos de las espalda. Me dije a mi mismo, ¿economía, este? No faltó decir que me auto sabotee las pruebas y no aprobé el ingreso.
Yo no quería ser nada en la vida, ni economista, ni doctor ni ingeniero, pero aún contador. Quería ser panadero, francotirador o algún tipo de artista, un escritor por ejemplo, es decir una especie de vago subsidiado.
Tras mi fracaso pre universitario un tío me dio la oportunidad de trabajar en su empresa. Ahí, tras dos días de sacar copias e ingresar datos en una computadora, entendí perfectamente lo que es estar desubicado. Decidí tomarme un año sabático viajando a algún lugar lejano. Entonces fui a parar a un país europeo lleno de esa pesada historia que tienen por allá. Solicité empleo en una panadería de la esquina donde vivía y empecé a trabajar esa misma madrugada. Pasé algunos años ahí. Fue increíble aprender los trucos de una buena masa madre o las formas de acelerar el proceso de leuda.
Un día mientras acomodaba esa gran variedad de hermosos panes en la estantería entró una mujer atractiva. Me tocó el hombro para hacerme una pregunta. Al girar la reconocí. Era una vieja amiga del barrio quién por esas cosas de la vida había migrado hace unos años aquí y recientemente se cambió de barrio. Conversamos alegremente en nuestro idioma, eso era tan satisfactorio. Terminamos en la cama unos días después. Tenía veinte y siete años.
A los treinta y siete tuvimos nuestro primer hijo y nuestra primera panadería propia. A los cuarenta y siete viajamos a conocer algunos países que siempre habíamos querido conocer. Juntos logramos comprar una pequeña casa a las afueras y tuvimos un jardín donde se podía sembrar de todo en primavera. Comimos y vivimos durante largos años. Siempre tuvimos suerte en todo y salvo los inevitables acontecimientos de la vida, nos fue muy bien.
Hoy, mis nietos han venido a visitar mi tumba. Su padre los trae cada cierto tiempo y les cuenta mi historia. Una historia simple y sencilla. No se demora mucho porque no hay mucho que contar. Todo me lo llevé, nos lo llevamos. Se tarda apenas siete minutos en decirles que su abuelo era un hombre muy inteligente y bueno. Cuando fue joven y estuvo parado frente al camino de la vida, pudo ser lo que sea y decidió ser panadero. Fue feliz muchos años les dice, y agrega, creo. Siempre decía que si tienes una buena vida al envejecer eres más inteligente que cuando joven. Los niños que apenas me conocieron, se miran entre ellos y se preguntan, ¿este?...
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