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de Fernando Vallejo
En ‘Memorias de un hijueputa’, el escritor recupera la fuerza de su pluma, la brillantez poética, la lucidez del discurso y el esplendor oscuro de su genial irreverencia
Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
Mayo 02, 2019
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Venero a los irreverentes; los que no le lamen el culo a nadie; los que no tienen pelos en la lengua; los que se cagan en su majestades y excelencias; los que en un mundo inhumano han alcanzado la verdadera humanidad; los que escriben con sangre y dejan las entrañas en el papel; los deslenguados y blasfemos cuyo interior arde en azufre; los que ridiculizan a los “poderosos”; los que vomitan sobre dogmas y verdades; los que derriban a los dioses de sus pedestales; los que defenestran a los políticos, a los religiosos, a los hipócritas. Venero a los rebeldes, los apóstatas, los relapsos, los herejes que no le temen a la hoguera; los ángeles caídos que iluminan el mundo; los que dicen lo que yo no sería capaz de decir; los que hacen lo que no sería capaz de hacer. Es decir, venero a los que son como Fernando Vallejo, y como él solo hay uno y para fortuna es colombiano, y no me importa que con su nueva obra venga a acabar con todo lo habido y por haber, incluida Colombia, la asesina, la imbécil, la miserable, la mezquina: honorables títulos otorgados por él.
Debo reconocer ante la opinión pública que yo daba por muerto al escritor colombiano vivo más importante. Digo muerto en términos literarios. Así lo expresé en un ensayo que apareció en este mismo medio y titulado El día que Fernando Vallejo muera. Pero como lo cortés no quita lo valiente, celebro esta reaparición genial de nuestro mejor escritor vivo, algo que siempre sostuve y sostengo, aunque le duela a más de un ego de los que sobreabundan en los medios culturales y artísticos. En este sentido, después de que publicara El Don de la vida, El Cuervo blanco, Casablanca la bella y ¡Llegaron! (en mi concepto, obras muy flojas e intrascendentes), Fernando Vallejo se reencuentra con su
mejor versión en Memorias de un hijueputa; lo que quiere decir que recuperó la
fuerza de su pluma, la brillantez poética, la lucidez del discurso y el esplendor
oscuro de su genial irreverencia. De hecho su último libro es un orgasmo, un orgasmo rabioso, furibundo, prolongado, con espumarajos y convulsiones propias de un iluminado epiléptico. La clase de orgasmos que acontecen después de una prolongada abstinencia, de una soledad profunda y dolorosa, de una rabiecita menudita que va creciendo hasta convertirse en un río revuelto que arrasa con todo lo que se encuentre a su paso: un Vallejo con rabia acumulada, sin lugar a dudas, produce páginas geniales. Por eso me atrevo a afirmar que la reciente publicación tiene una calidad literaria impecable, muy parecida a sus inolvidables novelas La Virgen de los sicarios, El Desbarrancadero, La puta de Babilonia y El río del tiempo; en efecto, en estas memorias el estilo es brioso, endemoniado, violento, contundente en su fuerza desde la primera hasta la última página. Es gracias a esta energía desmesurada que el déspota, pero justiciero protagonista de este relato, no deja títere con cabeza en su noble propósito de eliminar toda la maleza de aquí y de allá, de esta esquina y de la otra, de la derecha, de la izquierda, del centro, de arriba, de abajo… En un país atropellado por los políticos, los curas, las sectas cristianas, el fútbol, la farándula, el engaño, la mentira, la delincuencia, la corrupción, la indecencia, la mala educación, la incultura, la falta de respeto, los mendigos, la pobreza, la estupidez, los motociclistas, los conductores irresponsables, y un extenso etcétera.
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El memorioso que detenta el poder para transformar su patria en un extenso patíbulo no es cualquier vulgar tirano, es un hombre culto y visionario quien funge además de escritor, filósofo, teólogo, poeta, biólogo, thanatólogo, filólogo, gramático, músico, astrofísico, sexólogo, psiquiatra, psicoanalista, cosmólogo, todólogo, y ni más faltaba un hijueputa, un hijueputa genial. El autor de este escenario donde impera el ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta de la metralleta es un maestro consumado del humor negro, por lo cual el lector soltará de vez en cuando una sonora carcajada ante las locas ocurrencias de un dictador que ordena la ejecución de miles, de millones de ciudadanos, si bien a veces él mismo es el que fulmina con perversa delicia a los que considera un mal o peligro para la sociedad. Al recorrer estas memorias, es inevitable deleitarse con las sátiras e injurias que se desparraman a diestra y siniestra, y a través de las cuales el protagonista pone en su lugar a sus detractores, a personajes de la vida pública, o a sujetos que no le simpatizan: Uribe, Santos, Gaviria, Pastrana, Duque, Trump, el rey Juan Carlos, Uribito, Carrasquilla, Maduro, Petro, Antanas Mockus, Timochenko, Márquez, Santrich… faracos, paracos, papas, curas, toreros, carnívoros, congresistas, paridoras, tartufos, raperos, grafiteros, desechables, limosneros… y hasta escritores: Gabito, Vargas Llosa, Faciolince, Federico García Lorca, César Vallejo, Octavio Paz y el nadaísta de Cali, un tal Jota. Como quien dice Fernando Vallejo en estas memorias acaba hasta con el nido de la perra, y si pudiera exterminaría todas las religiones, la ortografía, la literatura y el idioma mismo. Y sobre todo libraría al Estado de los colombianos y a los colombianos del Estado; esto es, terminaría en el cadalso Colombia entera.
A propósito de aquel artículo irreverente que escribí alguna vez sobre Vallejo, uno de mis lectores comentó que incluso Vallejo en su peor versión escribía mejor que yo y que cualquier escritor colombiano vivo… y tal vez tenga toda la razón. Él es de hecho una vaca sagrada, la única vaca sagrada que respeto y venero, la que genera tumultos en eventos culturales, cuyos libros se agotan cuando salen a la luz, y como vaca sagrada indomable, auténtica y fiel a sí misma tiene derecho a cagarse en más de uno… a un genio como él se le perdona todo, o casi todo. Incluso celebramos el ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta de su metralleta, la cumbia con que le canta la tabla a muchos, por no decir a todos.
No sé porque presiento que Memorias de un hijueputa será su último orgasmo, un polvo rabioso que lo inmortalizará en el irreal y ubicuo polvo cósmico de la nada. Maestro Fernando Vallejo, usted partió nuestra historia en dos, pero como usted mismo dice: “Partir en dos la historia de Colombia se me hace como partir mierda”.
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Etiquetas: fernando vallejo, Memorias de un Hijueputa, último libro de Fernando Vallejo
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